No
podrías entenderlo. O quizá sí. Bueno, da igual. Empiezas
tú. ¿Conoces
esa hambre penosa que se le arrastra a uno por la garganta como queriendo casi desistir
y abandonarte para siempre en medio de un sabor producto de todo lo que alguna
vez comiste? ¿Esa sensación tan mayúscula que hace temblequear las piernas y gritar
náuseas de tanto en tanto? ¡A
ver! Dime,
¿nunca saltaste a una alberca desde un trampolín elevado solo para llegar
fácilmente hasta tocar el fondo? ¿Fue alguna vez tan grande tu necedad como
para arrastrar pies y manos hasta abajo y sonreírte de manera estúpida y luego
sufrir/contar los tres eternos segundos de ascenso que te presagiaban que ya no
saldrías y que nada más entraste a dejar de ser hasta allá abajo y, luego, agonizante,
bruto, desesperado, aspiraste el mundo como si te fuera nuevo o recién
inventado? ¿No se tragaron tus narices medio universo?
A
ver, a ver, recomencemos. Voy,
francamente, pensando que deberías conducir una solitaria carretera bajo —Mmm...— espléndida
y delirante noche y, qué sé yo, atreverte a acelerar una recta con viento
helado de algún noviembre besándote las sienes, el cabello, festivo, dándote, de
golpes en los párpados. Allí, apagar tus luces para ceder paso a la luna. Y contar
hasta tres, de nuevo. Sin
excusas. Cantar
puede cualquiera. Estos son días de sombra… Te la sabes. ¿No? Evoca,
pues. Debes recordar o inventar aquella secuencia verde donde ella irrumpe, sin su dios ni su decencia, sin
incordios de clase alguna, donde es el bermellón sostenido en su falda tan
lejana del lodo, tan lejos de Marx y tan aparte del mundo y de cualquier no
contemplación. Mírala de nuevo. Sostenla. Confiésatela acto poético, si puedes, sin pizca
de voluntad.
Puedes
perderla ya, o verla más cerca de lo que aparece; toca evocar ahora el mediodía desde la umbra de aquel gran árbol cerca del banco, huele
nueva y claramente los huaraches y el queso fresco. Ya estás, hambriento, así. Píntate
frente al claroscuro de la luz donde la sombra cede. Mira la cortina venir
desde lejos. No mucho, no tanto. Así. Ella se mueve hacia ti, ella viene
proponiendo un mundo anfibio donde las cosas son mojadas y teñidas en un tono
parecido al sol; ella es directora, productora y guionista. ¿La
hueles?, su desodorante excita, lo sé. Dejas
que te atrape y te haga a su modo. Si quieres corre. O llora, baila... Bajo lluvia
todo parece llorar de todos modos, todos nos mojamos también. Hasta
ahora quizá sigas en pie. No crecerás, ¿lo sabes? No es que importe, es que
cuesta creerlo. Bien. Has
caminado tus pasos en la envoltura tenebrosa de una luminaria que se apaga.
Distingues sólo un incierto brillo, casi producto de herrumbre, de metálica y arcana magia.
Intentas leer, y comprendes la palabra desde allí. ¿La conoces acaso? Ganas tú. Pero ¿ves?, no podrías entenderlo, ni aun con acento.
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