domingo, 12 de octubre de 2014

Osadía

Sigues al sol, sus rayos, con la mirada. La osadía se te cae en diagonal bajo esta ya ausencia indecente, y abrazas, avistando apenas, perfiles ajenos, perfiles rotos de polvo lejano, te sabes una cucaracha más que sabe quién no vendrá. Un día, una mota más de olvido. Qué más da. 
Pasos en la ya-quisieras fresca huelga del agua. Pasos sedientos de sombra que escupe loca claridad y murmullo. Pasos como víboras en zozobra, como ponzoñas que manchan la suciedad mediocre de un paupérrimo hilo de agua.

Sedientos de pausa, dos de ellos te aguardan. Notifican sus intenciones desde una apostura sin remedio. Cúmulo de voluntad y ni pizca de ganas, careces de espejo; dedos entre el cabello tendrán que bastar. Sueños de soñar en juegos jugados, tazas de té en cafés de aridez dudosa. Reputación inmediata, ahí la desgracia al cuello, aferrando recia y muda corbata. Víctimas, en medio de un sucio azar de viento.

Suspira la cajetilla abierta. Diez pitillos hacen marcial saludo. Tomar el peor es decisión fraudulenta. Nadie ve, nadie vive, nadie viene. Ahora uno dos, tres cuatro, cinco seís, jazz latino, piensa tu queja, ¡vaya estupidez de nombre! Lo explícito choca como carambola tremenda, y nadie cobra sus apuestas después.

El disimulo es corriente. ¡Saludar ya!, son una desgracia. Tomar el más insulso, el más feo -términos todos confusos de esteta- es lo justo, aunque aburre. Tú no sabes, todos lucen iguales. Estrujas uno entre los dedos, no más. Lo corporal viene a ser la parte más sencilla. El viento se calla y la llama asciende. Toser, dejar de toser, es simple, ¿ves?

Yo tenía diez perritos..

La cajetilla cierra casi en chirrido de caja de muerto. Tiene sentido; todo lo tiene, salvo esperar.

Uno se llamaba Pepe y nomás me quedan nueve, nueve, nueve, nueve, nueve…

Izar los ojos es verla. No se la desea, se la ve tan sólo. OSTION, recalca, con impúdico fleco de sol. Dirías que sonríe, pero es estúpida la sola idea. Se te escurren minutos de una nada vaporosa, una que apenas notas.

Se ha echado el fleco para atrás, preguntas quizá. La perezosa bombilla de junto te susurra unicamente la sigilosa partida del sol.

Ya no te preguntas si sonríe. La espera -qué más si no- te acentúa la Ó.

viernes, 10 de octubre de 2014

Qué sé yo

No podrías entenderlo. O quizá sí. Bueno, da igual. Empiezas tú. ¿Conoces esa hambre penosa que se le arrastra a uno por la garganta como queriendo casi desistir y abandonarte para siempre en medio de un sabor producto de todo lo que alguna vez comiste? ¿Esa sensación tan mayúscula que hace temblequear las piernas y gritar náuseas de tanto en tanto? ¡A ver! Dime, ¿nunca saltaste a una alberca desde un trampolín elevado solo para llegar fácilmente hasta tocar el fondo? ¿Fue alguna vez tan grande tu necedad como para arrastrar pies y manos hasta abajo y sonreírte de manera estúpida y luego sufrir/contar los tres eternos segundos de ascenso que te presagiaban que ya no saldrías y que nada más entraste a dejar de ser hasta allá abajo y, luego, agonizante, bruto, desesperado, aspiraste el mundo como si te fuera nuevo o recién inventado? ¿No se tragaron tus narices medio universo?
A ver, a ver, recomencemos. Voy, francamente, pensando que deberías conducir una solitaria carretera bajo —Mmm...— espléndida y delirante noche y, qué sé yo, atreverte a acelerar una recta con viento helado de algún noviembre besándote las sienes, el cabello, festivo, dándote, de golpes en los párpados. Allí, apagar tus luces para ceder paso a la luna. Y contar hasta tres, de nuevo. Sin excusas. Cantar puede cualquiera. Estos son días de sombra… Te la sabes. ¿No? Evoca, pues. Debes recordar o inventar aquella secuencia verde donde ella irrumpe, sin su dios ni su decencia, sin incordios de clase alguna, donde es el bermellón sostenido en su falda tan lejana del lodo, tan lejos de Marx y tan aparte del mundo y de cualquier no contemplación. Mírala de nuevo. Sostenla. Confiésatela acto poético, si puedes, sin pizca de voluntad. 
Puedes perderla ya, o verla más cerca de lo que aparece; toca evocar ahora el mediodía desde la umbra de aquel gran árbol cerca del banco, huele nueva y claramente los huaraches y el queso fresco. Ya estás, hambriento, así. Píntate frente al claroscuro de la luz donde la sombra cede. Mira la cortina venir desde lejos. No mucho, no tanto. Así. Ella se mueve hacia ti, ella viene proponiendo un mundo anfibio donde las cosas son mojadas y teñidas en un tono parecido al sol; ella es directora, productora y guionista. ¿La hueles?, su desodorante excita, lo sé. Dejas que te atrape y te haga a su modo. Si quieres corre. O llora, baila... Bajo lluvia todo parece llorar de todos modos, todos nos mojamos también. Hasta ahora quizá sigas en pie. No crecerás, ¿lo sabes? No es que importe, es que cuesta creerlo. Bien. Has caminado tus pasos en la envoltura tenebrosa de una luminaria que se apaga. Distingues sólo un incierto brillo, casi producto de herrumbre, de metálica y arcana magia. Intentas leer, y comprendes la palabra desde allí. ¿La conoces acaso? Ganas tú. Pero ¿ves?, no podrías entenderlo, ni aun con acento.