He callado el eclipse, la formación perpetua de las
estrellas.
No lo he
dicho,
porque me sé oscuro, como un sol muerto.
Redimiste el faro con su largo brazo,
extendiste los visillos hasta el rostro,
ha asomado un hueco, no el breve de tus manos,
no el terrible de la tierra sucia,
un hueco como cuencas dormidas, pero abiertas de ti,
de tus ojos y tu muerte que hace la noche.
(Que feo rostro me queda cuando lo abandonas.
Tú, abriéndote los hilos de azul embarrando
los gajos de tu cuerpo.
Somos los poros de dios respirando
partículas de Astreo.
Somos la clepsidra.)
Hoy he despertado sin ojos.
Tengo miedo que amanezca más temprano y las parvadas
se incendien,
que desciendan de los altares como cirios, y los
cuervos apunten
esta sombra y desquebrajen la figura, mujer de sal,
estatua que vio
hacia atrás su futuro.
Temo por los perros que se cruzan por el suelo y
arrastran sus nombres
como Sísifo la piedra: madreselvas que acuden a la
constelación.
Es triste cuando se siente miedo por la luz, por la
geometría y sus formas.
Por esas cosas que se adivinan sin ciencia,
como la podredumbre de un recordatorio, como el
resplandor del ocaso,
o el último tren que vociferó su camino
O el ruido del durmiente que insomne nos platico por
última vez
su vibrante nostalgia. Los pasos, siempre del
pasado.
Temo por los ladridos nocturnos de la ventana,
abiertas ruedas torpes
que caen a mis brazos, distancias entre las risas y
el pavimento.
Tengo miedo de sentir sobre mí el silencio de mis
venas.
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